Comer despacio y de manera consciente no solo permite disfrutar mejor de los alimentos y degustarlos, también es bueno para cuidar la salud y el peso corporal.
Veinte minutos. Es lo mínimo que debería durar cada comida principal para que el hipotálamo (parte del cerebro que regula la temperatura corporal, la sed, el hambre o el estado de ánimo) detecte la saciedad. También da margen para disfrutar de todos los matices organolépticos de los alimentos, convirtiendo una necesidad vital como la nutrición en un placer. En el siguiente artículo, publicado por Consumer te contamos por qué es tan importante comer despacio y cuáles son los beneficios para tu salud.
¿Qué es comer despacio?
Comer despacio no es lo mismo que eternizarse ante el plato o marear la comida. Consiste en ingerir todos los alimentos del menú a un ritmo moderado y constante por un espacio superior a esos 20 minutos. La cifra no es casual.
Desde que llega el primer trozo a la boca se ponen en marcha diversos procesos físicos, metabólicos y cognitivos que avisan al hipotálamo de que se está satisfaciendo la necesidad esencial de alimentarse. También informan de cuándo ya está cubierta y hay que parar. Son los que algunos expertos denominan como “procesos mediadores de la saciación”: consisten en la confluencia entre diversas señales de regulación interna que llevan al comensal a disminuir o detener su ingesta.
Comer despacio: beneficios para la digestión
Sentarse a la mesa con serenidad aporta indudables beneficios para el proceso digestivo. De entrada, se disfruta más. A contrarreloj, la comida apenas se saborea. Los catadores expertos saben que, en un alimento, el sabor es un concepto amplio que evoluciona en la boca y abarca la intensidad, la persistencia y la capacidad de saturación. Valores que difícilmente se aprecian al comer rápido.
Dejarse llevar por el estrés para acabar cuanto antes con la comida no solo elimina ese momento de relajación a mitad de la jornada, sino que puede complicar la digestión. “El 30-40 % de la población general ha padecido o padecerá dispepsia en algún momento. Es esa sensación de dolor, malestar general y pesadez tras las comidas que se localiza en la parte alta del abdomen. Se puede acompañar de náuseas, distensión abdominal, incapacidad para terminar una comida, acidez, eructos y regurgitaciones. Puede deberse a varios factores, entre ellos, el estrés, la ansiedad o no comer con moderación”, señala el endocrinólogo Víctor Escrich, del Servicio de Digestivo del Hospital San Pedro (La Rioja).
Una forma de acelerar la comida es ingerir bocados más grandes o a mayor velocidad. O masticar menos. Esto supone un tremendo error: la digestión no empieza en el estómago, sino en la boca. Al masticar se segrega mucina salival, que lubrica el bolo facilitando la deglución. Pero la saliva también contiene enzimas que van a empezar a descomponer los nutrientes complejos en moléculas más simples. María José Noriega, del Departamento de Fisiología y Farmacología de la Universidad de Cantabria, pone el foco en tres enzimas: la ptialina, que degrada los almidones en azúcares más simples (maltosa); la lipasa, para simplificar las grasas; y la proteasa, que digiere las proteínas.
Masticar poco o mal sobrecarga la actividad del estómago, el páncreas, el intestino y la vesícula biliar. Y el resultado de querer arañar unos minutos con la comida pueden ser horas de digestión pesada, con distensión abdominal o flatulencias.
Comer rápido tiene consecuencias negativas para la salud
Pero comer atropelladamente compromete la salud. Para empezar, es más fácil sufrir un episodio de atragantamiento. El más frecuente en adultos se produce con alimentos, especialmente trozos de carne mal masticados. Por eso se recomienda triturar adecuadamente la comida y no reír o hablar mientras se tengan alimentos en la boca. Asimismo, diversas investigaciones ponen el foco en que no tomarse las comidas con sosiego aumenta el riesgo de síndrome metabólico, porque se tiende a comer de más y peor.
Por el contrario, la alimentación consciente permite detectar el hambre real, distinguirla del hambre emocional y procurarse el alimento de forma pausada y con criterio. Así es más difícil ingerir grandes cantidades de alimentos altos en calorías que predisponen a la obesidad, y los de alto índice glucémico, que aumentan el riesgo de desarrollar resistencia a la insulina y diabetes tipo 2.
Pero la moraleja no debe quedarse solo en que comer rápido engorda. Sí es un factor de riesgo para la obesidad que, a su vez, se correlaciona con otras enfermedades adquiridas. Así lo resalta la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad, que asocia el sobrepeso y la obesidad con otras alteraciones de salud como la hipertensión, la enfermedad coronaria y cerebrovascular, la colelitiasis, la osteoartrosis, el síndrome de apnea del sueño, algunos tipos de cáncer y alteraciones psicológicas.